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A mi generación le encanta “procesar”. Eso no siempre es bueno.
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«Todavía lo estoy procesando».


Todo el tiempo oigo esta frase, o alguna variante de ella, de la gente de mi edad (tengo 32 años). No recuerdo haberla oído a menudo de personas mayores.


Soy parte de una generación de «procesadores». «Procesamos» todo: el sufrimiento, el dolor, las dificultades, la pérdida, las circunstancias confusas, las discusiones, los sentimientos heridos, las citas buenas, las citas malas, las citas neutras, las películas, los libros, los programas de televisión, los comentarios sin importancia, los consejos, los sermones, los servicios religiosos, las reuniones, la retroalimentación de los jefes, la retroalimentación de los compañeros de trabajo, la retroalimentación de los subordinados, las elecciones.


¿A qué nos referimos con «procesar»? Normalmente, nos referimos a dedicar el tiempo suficiente a pensar en una experiencia, un encuentro o un acontecimiento para llegar a una conclusión definitiva sobre estas cosas y sus efectos en nosotros. Antes de estar preparados para hablar de ello o compartir cómo nos ha afectado, necesitamos tiempo para procesarlo.


El incremento de las conversaciones sobre el procesamiento está directamente relacionado con el crecimiento de lo terapéutico en general en la cultura occidental. Procesar es uno de los principales objetivos de la terapia, y en una generación saturada de discursos terapéuticos, tiene sentido que este concepto sea omnipresente entre los adultos más jóvenes.


En la superficie, esto no es malo. Incluso puede aproximarse a virtudes bíblicas como ser «tardo para hablar» (Stg 1:19). Pero, basándome en mi experiencia con el procesamiento y en mis observaciones como amigo y pastor, creo que corremos el peligro de procesar en exceso.


Experiencias ultraprocesadas

Al igual que los alimentos ultraprocesados pueden ser perjudiciales para nuestra salud física, cuando procesamos en exceso las experiencias, prolongamos artificialmente su vida con ingredientes no naturales que alteran el ADN de la experiencia, el encuentro o el acontecimiento original. Esto nos causa daño.


¿Qué son esos «ingredientes antinaturales»? Aquí hay uno: desahogarse. El procesamiento a menudo toma la forma de desahogarse con un confidente cercano o con el cónyuge. Yo mismo he sido culpable de procesar algunas experiencias con mi esposa, solo para que ella me preguntara: «¿Te está ayudando lo que estás haciendo? ¿Quieres un consejo? ¿O solo quieres quejarte de esta persona?».


No siempre es malo quitarse un peso de encima en un espacio seguro y confidencial. Pero cuando eso se convierte en desahogarse, chismear y quejarse, no solo estás pecando contra la persona de la que hablas; estás envenenando el pozo de tu propio corazón. El desahogo no te ayuda a procesar una experiencia; expulsa la posibilidad de la gracia y endurece tu corazón.


Otro ingrediente antinatural común en nuestro procesamiento es la rumia. La Asociación Americana de Psiquiatría la define así: «La rumia implica pensamientos repetitivos u obsesionarse con sentimientos negativos y angustia, así como con sus causas y consecuencias […]. [Puede] contribuir al desarrollo de la depresión o la ansiedad y puede empeorar las afecciones existentes».


¿Cómo funciona la rumia en la práctica? Has tenido una conversación difícil con un amigo. Mientras la procesas, tu mente se aferra a dos o tres comentarios hirientes que él hizo, o tal vez algo que tú dijiste y que desearías haber dicho de otra manera. Revives estos momentos y les encuentras un significado. Con el paso de los días, los comentarios poco constructivos se hacen cada vez más grandes, eclipsando otras cosas —quizás más humildes o amables— que se dijeron en la conversación. Para cuando has asimilado por completo la conversación, tus emociones al respecto están más intensificadas de lo que estaban al principio.


La rumia interioriza los pensamientos y las interpretaciones del yo, mientras que el desahogo los exterioriza. En ambos casos, soy yo quien impone su interpretación, soy yo quien da forma a la narrativa con mis pensamientos.


Puedes saber que eres de los que le procesan en exceso si, al terminar de reflexionar sobre diversos acontecimientos, encuentros o experiencias, te sientes más alterado, agraviado u ofendido de lo que estabas al principio. Esto puede tener efectos devastadores en la amistad y la comunidad cristianas. Procesar en exceso puede enfriar las relaciones matrimoniales, alejar a los amigos íntimos y llevar a abandonar la iglesia o a romper el contacto con familiares. Puede atrapar a las personas en un círculo vicioso e interminable de amargura y enojo.


Necesitamos una forma mejor.


Una forma mejor de procesar

Una vez más, no todo el procesamiento es malo. La mejor versión puede llevarnos a una interpretación más sensata de una situación que nuestra reacción instintiva, y puede ayudarnos a avanzar con sabiduría. Pero ¿cómo llegamos a eso? Quiero ofrecer cinco pasos para ayudarnos a procesar bien.


1. Ora

A menudo, cuando oramos por una experiencia difícil, hacemos peticiones. «Dios, ayúdala a ver esto desde mi perspectiva». «Dios, por favor, arregla esta situación difícil» «Dios, esto fue realmente doloroso para mí; por favor, guíale para que vea su error y se disculpe». Estas oraciones no son necesariamente incorrectas, pero si esta es la única forma en que oramos, puede convertirse simplemente en otra forma de rumiar.


En cambio, debemos presentar las experiencias difíciles ante el Señor y luego dejarlas en su presencia. Ora con las Escrituras. Ora pidiendo sabiduría. Descansa en la presencia de Dios. Imita a los salmistas, que no son ajenos a expresar sus quejas a Dios, pero cuyas quejas suelen ir seguidas de un recordatorio de la fidelidad pasada de Dios, de la confianza en Su bondad presente y de la fe en la certeza de Sus promesas para el futuro.


Mientras oras, pídele a Dios que te llene de Su Espíritu; es una oración que a Él le encanta responder (Lc 11:13). Pídele que te ayude a ver la situación con Sus ojos. Si al terminar la oración todos tus pensamientos anteriores se han reafirmado y estás listo para insistir en ellos, vuelve atrás e inténtalo de nuevo; es casi seguro que no has sido guiado por el Espíritu.


2. Sométete a la Palabra de Dios

Las Escrituras deberían desafiarte. ¿Estás en conflicto? La Palabra de Dios te dice: «Si es posible, en cuanto de ustedes dependa, estén en paz con todos los hombres» (Ro 12:18). ¿Crees que te han tratado mal? Jesús dice: «Y cualquiera que te obligue a ir un kilómetro, ve con él dos» (Mt 5:41). ¿Tienes la conciencia tranquila? Jesús va aún más lejos: «Sean ustedes perfectos como su Padre celestial es perfecto» (v. 48).


Por otro lado, las Escrituras deberían consolarte (Mt 11:28; Is 42:3; He 4:15). La Palabra de Dios es tu sustento vital durante el proceso. Debe desafiarte y consolarte. Deja que haga ambas cosas.


3. Estabiliza tu corazón con una teología sólida

Tus sentimientos después de una discusión, una ofensa o un maltrato percibido pueden ser válidos. Pero los sentimientos son un gran termómetro y un pésimo termostato. El termostato de tu corazón no debería ser cómo te sientes, sino lo que sabes que es verdad acerca de Dios. Él es soberano. Él es santo. Cristo murió para redimir toda situación quebrantada y marcada por el pecado. La reconciliación ya se ha logrado en Cristo y se revelará plenamente en la eternidad.


Estas verdades teológicas —y muchas más— son un bálsamo para las almas heridas y cansadas. Nunca deberíamos procesar nuestras experiencias sin tenerlas en cuenta.


4. Busca el sabio consejo de otros creyentes

Buscar consejo puede ser peligroso si lo hacemos de manera incorrecta: por ejemplo, si solo buscamos a quienes nos den espacio para desahogarnos, o si únicamente buscamos la aprobación de personas que solo han escuchado nuestra versión de la historia y que probablemente tengan miedo de cuestionarnos.


Lo que necesitamos es un grupo de consejeros piadosos que no nos tengan miedo y que nos digan si estamos un poco equivocados, muy equivocados o si estamos cometiendo un pecado abiertamente. Incluso cuando creemos que nuestra ira está justificada, un consejero sabio nos ayudará a ver la perspectiva de la otra parte e interpretar sus acciones con benevolencia, o nos ayudará a ver algún punto ciego con mayor claridad.


5. Sal de tu propia mente

Busca actividades que te saquen de tus propios pensamientos cuando te sientas tentado a seguir dándole vueltas a una situación difícil. Cuando me quedo atascado rumiando y desahogándome, necesito sudar: salir a correr o trabajar en el jardín.


¿Qué te ayuda a ti? Quizás necesites dar un paseo, cocinar algo o salir con tu pareja y no hablar de eso que te molesta. Esto puede hacer maravillas para ayudar a romper el ciclo de darle demasiadas vueltas a las cosas.


El antídoto para la rumia y el desahogo

Procesar las cosas puede ser bueno: nos ayuda a pensar con sensatez sobre las circunstancias de la vida y cómo responder bien a ellas. Pero procesarlas en exceso es malo. Es una trampa paralizante que perpetúa la ansiedad y la amargura. Debemos tener cuidado de no dañar nuestras relaciones, así como nuestros corazones.


Pero cuando me aparto del asiento del conductor de mi procesamiento e invito a otra voz —la voz de Dios, a través de Su Palabra y de Su pueblo— puedo reorientarme hacia lo que es verdadero. Solo entonces mis pensamientos demostrarán ser fructíferos.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.

Taylor Combs (Ph. D., Midwestern Baptist Theological Seminary) sirve como pastor principal de la iglesia King’s Cross Church en Nashville, Tennessee. Vive en East Nashville con su esposa e hijos.


fuente https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/procesar-no-siempre-bueno/


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