Durante un panel sobre el futuro de la religión entre la Generación Z, un estudiante me preguntó: «¿Te asusta nuestra próxima generación? Porque nos gusta mucho la razón y la ciencia, y eso parece una amenaza para el futuro de la religión y lo que haces».
Al expresar esta pregunta sincera, el estudiante tocó un tema recurrente en nuestra cultura sobre un supuesto conflicto entre la religión y la ciencia. Este tópico, conocido como la «tesis del conflicto», fue popularizado por John William Draper en su libro de 1874 A History of the Conflict Between Religion and Science [Una historia del conflicto entre la religión y la ciencia]. Draper cuenta una historia muy conocida: la humanidad, en su trayectoria ascendente de progreso, se enfrenta continuamente a la oposición de una iglesia que promueve la fe ciega y hambrienta de poder. Asustada por un universo heliocéntrico, se opuso a Galileo. Aterrorizada por la evolución, se opuso a Darwin.
En el conflicto entre la ciencia y la fe, no es solo la religión en general la que parece mala, sino que el cristianismo y la Biblia son particularmente peligrosos. Se nos dice que la ciencia evolutiva ha hecho que los relatos bíblicos sobre los orígenes del ser humano parezcan obsoletos, mientras que los relatos contemporáneos de la geología y la astronomía hacen que la cronología de la Biblia sea inverosímil. Además, parece que todo el enfoque del conocimiento es básicamente opuesto. Por un lado, están la razón, las pruebas y la observación; por otro, la fe y la confianza en libros antiguos e imposibles de verificar que tienen poca conexión con el mundo real.
Nos hemos familiarizado tanto con la tesis del conflicto que hoy en día se da por sentada. Suponemos que hay una cosmovisión generada por la ciencia (incluidas las ciencias duras) y otras cosmovisiones generadas por la religión, y que hay que elegir: una implica pensar, las otras sentir.
Aunque estas son las opciones que se nos presentan, vale la pena dar un paso atrás y preguntarnos si este es el marco adecuado para el debate o si existe un punto de partida más veraz y convincente para la relación entre la ciencia y el cristianismo. Creo que sí lo hay, y el punto de partida puede ser sorprendente: Génesis 1. La cosmovisión básica que ofrece Génesis 1 es necesaria para la práctica de la ciencia tal y como la conocemos. Como sugiere Alvin Plantinga, aunque a primera vista pueda parecer que existe un profundo conflicto entre el cristianismo y la ciencia, este es solo superficial. En realidad, existe una profunda concordancia.
Génesis 1 nos da los fundamentos metafísicos, las bases epistemológicas, los límites morales y el propósito necesarios para la investigación científica.
Metafísica: Génesis 1 explica el orden que percibimos en el universo
«En el principio Dios creó los cielos y la tierra» (Gn 1:1). Esa frase es una sinécdoque, una figura literaria en la que Dios crea todo refiriéndose a toda la gama de cosas que hay entre ellas. Este versículo inicial nos aporta importantes datos metafísicos. En primer lugar, antes de que existiera un comienzo para el universo, había un Dios más allá del universo. En otras palabras, el mundo no es divino, ni nada de lo que hay en él. Es el resultado del Divino.
En segundo lugar, ¿cómo crea Dios las cosas? Mediante el poder de Su Palabra: «Dijo Dios […] Y así fue» (vv. 6-7). Él no toma materia preexistente y eterna para remodelarla. Dios habla y la materia viene a la existencia como Él desea. A diferencia de otras narraciones antiguas sobre la creación, no hay competencia, caos ni violencia en el origen del mundo, sino simplemente el decreto razonable de un Rey omnisciente que lo trae todo a la existencia.
En tercer lugar, Génesis 1 describe un orden básico, simetría y belleza en la creación. Como han demostrado Meredith Kline y otros, hay un flujo lógico en el orden de los primeros seis días: en los tres primeros días, Dios crea los reinos (cielos, aguas, tierra) y, en los tres días siguientes, llena estos reinos con habitantes y gobernantes (sol, luna, estrellas, monstruos marinos, vegetación, animales y seres humanos).
Más aún, hay un orden implícito en el orden: el sol, la luna y las estrellas están colocados en el cielo para marcar el paso del tiempo y el cambio de las estaciones, y su regularidad proporcionaba un calendario consistente para actividades como la siembra, la cosecha y las fiestas religiosas. Todo esto pinta un retrato de un universo especialmente adecuado para la práctica de las ciencias empíricas.
Para que estas ciencias (por ejemplo, la biología, la química, la física y la geología) funcionen, hay que partir de una serie de supuestos sobre la naturaleza de la realidad. Los procesos de observación, la comprobación de hipótesis y el razonamiento inductivo sobre la coherencia futura y presente de la realidad se basan en un conjunto de supuestos sobre el orden del universo.
La regularidad de la naturaleza es lo que hace que el razonamiento inductivo funcione, un razonamiento que parte de la observación para inferir algo como «Todos los días antes de hoy, el sol ha salido; por lo tanto, el sol saldrá mañana». Esto podría no parecer gran cosa al principio, pero es el tipo de suposición que mantenía despierto por la noche al filósofo David Hume. Uno de los principales criterios para la verificación de los estudios científicos es su repetibilidad. Sin embargo, la verificación supone que el presente es coherente con el pasado y con el futuro. Supone una regularidad esencialmente similar a una ley dentro de la naturaleza.
El físico Paul Davies lo expresa de esta manera: «Incluso el científico más ateo acepta como un acto de fe que el universo no es absurdo, que hay una base racional para la existencia física que se manifiesta como un orden similar a una ley en la naturaleza que es, al menos en parte, comprensible para nosotros. Por lo tanto, la ciencia solo puede avanzar si el científico adopta una cosmovisión esencialmente teológica».
La observación de Davies nos ayuda a ver que no fue una coincidencia que, durante el auge de la ciencia moderna en Occidente, la mayoría de los científicos destacados fueran cristianos. Galileo era católico romano. Francis Bacon, padre del método científico, era creyente. El físico Robert Boyle era cristiano y, además de escribir la ley natural que lleva su nombre, escribió extensos comentarios sobre las Escrituras. James Clerk Maxwell, uno de los grandes unificadores de la física que reunió la electricidad, el magnetismo y la luz, era presbiteriano y anciano de la Iglesia de Escocia. Se podrían nombrar muchos más.
Muchos historiadores de la ciencia concluyen que no es casualidad que la ciencia se desarrollara en una cultura influida en gran medida por el cristianismo y su relato de que el universo racional, fiable y ordenado en el que vivimos fue creado por un Dios que trasciende la creación.
Metafísicamente, todos actuamos como si viviéramos en un universo ordenado. Y el primer regalo que Génesis 1 le da a la ciencia es un Autor y Sustentador de un orden racional que respalda esa intuición.
Epistemología: Génesis 1 explica por qué podemos confiar en nuestras percepciones de un universo ordenado
Una cosa es que el universo sea ordenado, pero ¿cómo podemos saber que lo es? ¿Existe una correspondencia entre nuestra razón y la realidad? En Christianity and Science [Cristianismo y ciencia], el teólogo holandés Herman Bavinck escribió: «Toda investigación científica da por sentado de antemano y sin pruebas la fiabilidad de los sentidos y la objetividad del mundo perceptible». Bavinck señala que la práctica de la ciencia presupone que la realidad parece ajustarse a la forma en que nuestra mente razona.
Si el naturalismo (la visión de que el mundo es solo material) es verdadero, entonces se puede argumentar con fuerza que nuestras facultades racionales no son (o no tienen por qué ser) preceptores precisos de cómo es el mundo. Este es el caso que Plantinga plantea en Where the Conflict Really Lies [Donde realmente yace el conflicto], lo que él denomina el argumento evolutivo contra el naturalismo.
El argumento de Plantinga comienza con lo que es verdad si dos cosas, la evolución y el naturalismo, son verdaderas al mismo tiempo. Si se toman ambas creencias y se juntan, hay buenas razones para no confiar en los sentidos o en las capacidades cognitivas para decir la verdad sobre la realidad. Esta es la razón: la evolución se basa en la selección natural, un proceso que preserva los rasgos genéticos que ayudan a una especie a luchar, volar, alimentarse o reproducirse. Por lo tanto, solo podemos confiar en nuestras capacidades perceptivas para mantenernos con vida, no necesariamente para decirnos qué es verdadero.
Plantinga ilustra este punto con una analogía: imagina a una persona de la antigüedad que llega a creer que cada vez que ve frutos rojos, un brujo está esperando para maldecirlo. Así que cada vez que ve un arbusto con frutos rojos, lo evita y no come sus frutos. Ahora bien, resulta que esos frutos son venenosos y, si los comiera, lo matarían. Lo que se llega a comprender es que su falsa creencia lo mantiene con vida y que esta creencia le permitirá transmitir su material genético, así como sus creencias. Es una creencia útil desde el punto de vista evolutivo que no tiene contacto con la realidad.
Aquí empiezas a comprender que, sin Dios, tienes una razón potencial para dudar de que tus funciones cognitivas te den un conocimiento verdadero de la realidad. Lo único que puedes concluir es que te dan creencias que te mantienen vivo funcionalmente. Si nuestras capacidades racionales solo sirven para darnos creencias útiles, pero no necesariamente verdaderas, ¿en qué posición nos deja eso con respecto a nuestra capacidad para hacer ciencia con confianza?
¿Qué tiene que ver todo esto con Génesis 1? Esto:
Y dijo Dios: «Hagamos al hombre a Nuestra imagen, conforme a Nuestra semejanza; y ejerza dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados, sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se arrastra sobre la tierra». Dios creó al hombre a imagen Suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó (vv. 26-27).
Génesis 1 enseña que Dios creó a los seres humanos a Su imagen. ¿Qué significa eso? La idea básica es que los seres humanos deben representar a Dios y actuar como Él, y para ello se les han dado ciertas cualidades que se asemejan a Él, incluyendo la racionalidad de sus mentes y almas.
Según Génesis 1, la Mente que creó el mundo creó tu mente, y lo hizo de tal manera que eres capaz de percibir el mundo de una forma análoga a como lo hace Él. Este punto de partida nos da la máxima confianza en nuestra capacidad para estudiar el mundo tal y como es, y discernir su orden. Tenemos motivos para confiar en que existe coherencia entre nuestros pensamientos y el mundo exterior, porque Dios creó ambos.
Todo esto constituye una buena base epistemológica para la práctica de la ciencia.
Ética: Génesis 1 explica mejor nuestras intuiciones morales sobre los límites de la ciencia
Los principios metafísicos y epistemológicos parecen ser suficientes para fundamentar la práctica básica de la ciencia, pero la ciencia también necesita un tercer estándar: los límites morales. Aunque la conexión no sea inmediatamente intuitiva, permíteme mencionar un nombre: Josef Mengele.
Mengele, un principal investigador médico bajo el mandato de Adolf Hitler, fue conocido por sus infames investigaciones con seres humanos. Él realizó pruebas con judíos y gitanos para impulsar las teorías raciales de Hitler. Realizó estudios con gemelos que incluían amputaciones, disección de órganos y diversas formas de tortura y muerte para estudiar sus efectos en el cuerpo humano. Si uno de los gemelos moría por una causa determinada, él mandaba matar al otro para poder compararlos. La lista de horrores continúa.
Al ejercer el dominio de la creación, debemos hacerlo de una manera que refleje la bondad, el carácter, la creatividad y la justicia de Dios
La mayor parte de la «investigación» de Mengele no dio ningún resultado, pero desde hace tiempo se plantean dudas sobre el valor de la investigación médica que potencialmente podría salvar vidas en materia de hipotermia, hipoxia, deshidratación y otros temas derivados desde la experimentación con seres humanos en los campos de concentración.
Este tipo de ciencia no era exclusiva de la Alemania nazi. Es bien tristemente conocido que la investigación realizada con hombres negros en el Estudio Tuskegee, en Alabama, analizó la evolución de la sífilis en la vida de cientos de hombres negros pobres, a pesar de que en ese momento ya existía una cura.
La mayoría de la gente tiene la sensación de que este tipo de experimentos están mal, pero hay que preguntarse: ¿por qué?
Esta pregunta es relevante no solo para los experimentos realizados en el pasado, sino también para nosotros hoy en día. Hay cuestiones éticas por todo el campus: la bioética de la clonación, o las pruebas de anomalías genéticas en los fetos (y su posterior muerte en el útero), o la realización de experimentos con tejidos de fetos abortados. ¿Qué hay de la ética de la inteligencia artificial o de las tecnologías que se utilizarán con fines maliciosos?
Esta es la clásica pregunta que plantean películas como Jurassic Park. Hay científicos que se preguntan «¿Podemos hacerlo?», sin preguntarse si debemos hacerlo. Y, en ausencia de Dios, la pregunta es: ¿qué motivos hay para detener a Mengele, Tuskegee o futuros experimentos? ¿De dónde provienen nuestros límites morales?
Se podrían dar varias respuestas. En primer lugar, nuestro sentido moral podría tener su origen en nuestra conciencia individual: las cuestiones son correctas o incorrectas porque yo he determinado que lo son. Pero ¿por qué es tu conciencia, y no la de otra persona, la que tiene la última palabra sobre lo que está bien y lo que está mal?
En segundo lugar, se ha dicho que la moralidad es una construcción social: algo está mal porque colectivamente hemos decidido que lo está. Pero esta explicación es eludir el problema. ¿Por qué un grupo que establece límites morales tiene más autoridad que el individuo? ¿Qué pasa si la sociedad cambia de opinión?
En tercer lugar, se podría argumentar que la evolución provee una base para la ética. Una vez más, esto es erróneo: el estudio del comportamiento evolutivo puede, en el mejor de los casos, ofrecer una descripción de los comportamientos que han sido ventajosos para la supervivencia humana. Como expliqué anteriormente, Plantinga argumentó que, si tomamos la evolución y el naturalismo como igualmente verdaderos, no nos queda ningún estándar coherente y racional por el que podamos juzgar nuestras acciones.
Cuando te dedicas a la ciencia, cuando estudias el cosmos, eso debería llevarte a un mayor asombro, aprecio y adoración del Dios que lo creó
Entonces, ¿dónde nos deja eso? Volvamos a Génesis 1. Dios creó a los seres humanos a Su imagen, y eso incluye al menos dos imperativos relevantes para nosotros a la hora de formar una visión moral coherente: un mandato de dominio y una línea clara.
En primer lugar, Dios les da a los seres humanos un mandato de dominio: se supone que deben ejercer dominio y someter la tierra. Deben tomar la naturaleza salvaje e indómita y cultivarla. El dominio en la Biblia no se trata de engrandecimiento propio, sino de servicio y bendición. Aquí es donde comienza el mandato de la ciencia. La ciencia es una actividad humana que se lleva a cabo para comprender el mundo y desarrollarlo bajo el mandato de Dios.
Al ejercer el dominio, los seres humanos lo hacen como una imagen, lo que significa que debemos hacerlo de una manera que refleje la bondad, el carácter, la creatividad y la justicia de Dios. Esta es la razón por la que, en otra parte de la Biblia, Pablo describe la conversión al cristianismo como ser renovados a imagen de Dios en santidad y justicia (Ef 4:24). Se nos da una barrera de protección: lo que hagamos con la creación se supone que debe reflejar el carácter perfecto y moral de su Creador.
En segundo lugar, puesto que todos los seres humanos están hechos a imagen y semejanza de Dios, no debes atacar, abusar ni maltratar a tus semejantes en nombre de la ciencia. Por eso Dios establece la pena de muerte en Génesis 9:6. Dice que cualquiera que derrame la sangre de otro verá derramada la suya. ¿Por qué? Porque la humanidad está hecha a imagen y semejanza de Dios, y cualquier agresión a un ser humano es, en esencia, una agresión al propio Dios.
¿Por qué fue tan malvado lo que hizo Mengele? ¿Por qué fue tan horrible lo que ocurrió en los experimentos de Tuskegee? ¿Por qué nos repugna la idea de convertir a los seres humanos en experimentos científicos? No es solo un reflejo de nuestro pasado evolutivo que podamos decidir ignorar si queremos. Es el testimonio de una verdad que nuestro mundo suprime: estamos hechos a imagen de Dios y, por lo tanto, la ciencia debe utilizarse para bendecir y construir, no para maldecir y destruir.
Propósito: Génesis 1 provee una meta digna para la práctica de la ciencia: la doxología
Por último, Génesis 1 establece que la práctica de la ciencia es la respuesta a la gran pregunta del por qué. Todo esfuerzo humano debe tener una respuesta a la pregunta de por qué se hace lo que se hace. Es la pregunta del propósito: ¿qué estamos tratando de hacer en última instancia cuando hacemos ciencia?
El aumento de nuestro conocimiento en las ciencias debería llevarnos, en última instancia, a un mayor conocimiento de Jesús
No basta con tener objetivos pequeños y a corto plazo: «Quiero llegar a una conclusión en este experimento». «Quiero crear un producto para poder conservar mi trabajo». «Quiero ganar dinero». «Quiero curar el cáncer». En cambio, necesitamos una respuesta que pueda sustentarnos.
El cristianismo nos da varias razones para dedicarnos a la ciencia, pero permíteme sintetizarlas en dos: el amor al prójimo y el amor a Dios.
En primer lugar, el amor al prójimo. Parte del desarrollo del dominio en el mundo y su construcción consiste en bendecir y beneficiar a nuestros semejantes, creados a imagen y semejanza de Dios. Por lo tanto, cuando se busca el conocimiento en tecnología, biología y química, se hace sabiendo que contribuirá al progreso humano y que se trata de un servicio de amor al prójimo.
En segundo lugar, la adoración, el disfrute y la gloria de Dios mismo. Muchos eruditos señalan que el relato de la creación del Génesis contiene varios paralelismos con las antiguas narraciones del Oriente Próximo sobre reyes que construían templos para sus dioses. Se suponía que el templo del dios era un microcosmos del mundo, y se acudía allí para adorar a ese dios. En Génesis 1, vemos cómo Dios construye el mundo como un templo en el que puede morar y reunirse con Su pueblo.
El Catecismo de Westminster dice que el propósito principal de la humanidad es «glorificar a Dios y disfrutar de Él para siempre». Eso significa que todo lo que hagas, ya sea literatura o arte, criar a tu familia o enamorarte, o incluso dedicarte a las ciencias, debe formar parte de esta meta general. Debemos alabar a Dios y vivir de una manera que lo refleje, al tiempo que disfrutamos de Él y lo amamos. Por lo tanto, cuando te dedicas a la ciencia, cuando estudias el cosmos, eso debería llevarte a un mayor asombro, aprecio y adoración del Dios que lo creó.
El aumento de nuestro conocimiento en las ciencias debería llevarnos, en última instancia, a un mayor conocimiento de Jesús. En Cristo, como dice Pablo, «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» (Col 2:3). En el principio era la Palabra, el Logos, la segunda persona de la Trinidad. Llegar a conocer la creación es una forma de llegar a conocer a Jesús.
Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.
Derek Rishmawy (Ph. D., Trinity Evangelical Divinity School) es ministro de campus de la Reformed University Fellowship (RUF) en la Universidad de California en Irvine. Es copresentador del podcast Mere Fidelity. Puedes seguirlo en X o leer más en su blog.
fuente https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/ciencia-incompatible-cristianismo/








