El gobernante militar de Myanmar, Min Aung Hlaing, regresó la semana pasada de una visita de alto nivel a China, tras una gira diseñada para reforzar su legitimidad en el escenario internacional.
La visita supuso una importante victoria diplomática para el líder militar, que ha pasado años como un paria internacional tras su golpe de Estado de 2021 y la brutal guerra civil que le siguió.
Recibido en Pekín con todos los honores de Estado por el presidente chino Xi Jinping, Min Aung Hlaing logró nuevos acuerdos en materia de comercio, transporte, ayuda humanitaria y cooperación en seguridad. Esta visita tuvo lugar apenas unas semanas después de un viaje previo a la India, lo que evidencia un esfuerzo más amplio de la junta militar por normalizar su posición internacional tras unas elecciones ampliamente criticadas que consolidaron el control militar del gobierno de Myanmar.
Para los millones de ciudadanos de Myanmar que han sufrido años de violencia, sin embargo, la visita conlleva implicaciones preocupantes. Las minorías religiosas, las comunidades étnicas y los defensores de la democracia temen que el respaldo público de China a la junta militar pueda envalentonar al ejército para intensificar su campaña contra las fuerzas de resistencia y disminuir aún más las esperanzas de que se rindan cuentas.
Una larga historia de violencia
El ejército de Myanmar, conocido localmente como Tatmadaw, lleva décadas atacando a las minorías etnorreligiosas en todo el país. Los cristianos de las regiones de Chin, Kachin, Karen y Karenni han sufrido repetidamente el bombardeo de iglesias, la destrucción de aldeas y el desplazamiento de civiles. Las comunidades musulmanas rohingya han padecido una de las campañas de persecución religiosa y étnica más severas de la historia moderna, que ha provocado la muerte de miles de personas y el desplazamiento de más de un millón.
Según la Comisión de Estados Unidos para la Libertad Religiosa Internacional, los ataques contra las comunidades religiosas han continuado a lo largo del conflicto actual. Las iglesias en zonas de mayoría cristiana han sido objeto de ataques aéreos e incendios provocados, mientras que civiles cristianos y musulmanes por igual han sufrido desplazamientos, encarcelamientos y violencia.
Las acciones militares son particularmente devastadoras porque la etnia y la religión suelen estar interrelacionadas en Myanmar. Grupos como los Chin son mayoritariamente cristianos, mientras que los rohingya son mayoritariamente musulmanes. En consecuencia, las campañas militares contra los movimientos de resistencia étnica a menudo tienen graves repercusiones en la libertad religiosa.
Alianza estratégica
El apoyo de Pekín responde menos a una ideología que a una necesidad estratégica. China comparte una larga frontera con Myanmar y ha invertido miles de millones de dólares en proyectos de infraestructura en todo el país. El más importante de ellos es el Corredor Económico China-Myanmar, que incluye oleoductos que conectan el puerto de Kyaukphyu, en el océano Índico, con la provincia china de Yunnan.
Estos proyectos tienen un enorme valor estratégico para Pekín. Aproximadamente el 80% del petróleo que importa China pasa por el estrecho de Malaca, un paso marítimo angosto que sería vulnerable durante un conflicto importante. Myanmar ofrece a China una ruta alternativa hacia el océano Índico y un medio para reducir su dependencia de rutas marítimas vulnerables.
Muchas de estas inversiones se ven ahora amenazadas por la guerra civil que asola Myanmar. Grupos de resistencia y organizaciones armadas étnicas controlan amplias zonas del país, mientras que los combates se han extendido a áreas cercanas a proyectos chinos clave. Analistas consultados tras la cumbre de Pekín señalaron que el principal objetivo de China parece ser proteger las inversiones en infraestructura y restablecer la estabilidad en zonas cruciales para sus intereses económicos.
Para los defensores de la libertad religiosa, esto supone una seria preocupación.
China ostenta uno de los peores historiales del mundo en materia de libertad religiosa. El Partido Comunista Chino ha reprimido sistemáticamente a cristianos, musulmanes uigures, budistas tibetanos, practicantes de Falun Gong y miembros de otras comunidades religiosas. La actividad religiosa independiente está estrictamente controlada, los lugares de culto son objeto de vigilancia y los líderes religiosos son detenidos con frecuencia por negarse a someterse a la autoridad estatal.
Dado este historial, es improbable que Pekín priorice los derechos humanos. En cambio, los analistas advierten que la presión china se centra principalmente en asegurar la infraestructura, las rutas comerciales y la estabilidad fronteriza. La inversión china en países en desarrollo de todo el mundo es tristemente célebre por priorizar el beneficio económico y fortalecer a líderes autoritarios y crueles.
Este enfoque corre el riesgo de reforzar las mismas políticas que han alimentado la crisis humanitaria de Myanmar.
Varios observadores de la reciente cumbre advirtieron que el respaldo chino podría alentar al gobierno militar a adoptar una estrategia militar más agresiva en lugar de un diálogo político constructivo. Si la junta concluye que puede recuperar su legitimidad internacional sin rendir cuentas por sus abusos, es posible que tenga pocos incentivos para cambiar de rumbo.
Esa posibilidad debería preocupar no solo a los gobiernos occidentales, sino también a los países vecinos de Myanmar.
Respuesta internacional
Desde el golpe de Estado de 2021, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) ha excluido en gran medida a los altos mandos de la junta militar de sus reuniones de más alto nivel, debido a que los militares no lograron implementar el plan de paz del Consenso de Cinco Puntos del bloque. Esta política ha representado una de las pocas consecuencias diplomáticas significativas impuestas al régimen.
Ahora, sin embargo, algunos analistas sugieren que Min Aung Hlaing podría intentar aprovechar el apoyo de China e India para recuperar el acceso a las cumbres de la ASEAN y restablecer su prestigio internacional.
En cambio, los miembros de la ASEAN, las democracias occidentales y la comunidad internacional en general deberían mantener la presión tanto sobre el ejército de Myanmar como sobre sus partidarios internacionales.
Cualquier negociación entre China y Myanmar debe incluir protecciones explícitas para las minorías etnorreligiosas, incluidas las comunidades cristianas, musulmanas y otras vulnerables. Los actores internacionales deben seguir exigiendo que se rindan cuentas por los ataques contra lugares religiosos, la liberación de los presos políticos, el acceso humanitario sin restricciones y la participación significativa de los grupos étnicos y religiosos minoritarios en cualquier futuro acuerdo político.
Hasta que el ejército de Myanmar demuestre un respeto genuino por los derechos humanos y la libertad religiosa, la presión internacional continua y el aislamiento diplomático no solo siguen estando justificados, sino que son necesarios.
fuebnte https://persecution.org/2026/06/22/chinas-embrace-of-myanmar-junta-undermines-international-pressure/









