«¿Cómo quieren que creamos lo que predican si ni siquiera se pueden poner de acuerdo sobre lo que creen?».
He oído muchas veces esta crítica al cristianismo protestante y evangélico. Aunque muchas veces respondemos minimizando las diferencias entre las facciones dentro de la iglesia, en nuestros momentos más honestos solemos reconocer que la fragmentación del cristianismo en un sinfín de grupos que compiten entre sí y operan de forma aislada es una de las principales piedras de tropiezo para la evangelización del mundo.
Por ejemplo, el Manifiesto de Manila de 1989, una afirmación recibida por miles de líderes cristianos en cientos de países, confiesa:
Nos avergonzamos de las suspicacias y rivalidades, del dogmatismo sobre asuntos secundarios, de las luchas de poder y de la construcción de imperios [personales] que dañan nuestro testimonio evangelístico… Afirmamos la necesidad urgente de que las iglesias [repudien] la competencia y [eviten] la duplicación.
El deseo de ayudar a la iglesia a superar esta problemática me llevó a investigar la manera en que los primeros cristianos practicaban la unidad. Por medio de mis estudios académicos, pude identificar un principio de colaboración pastoral que sirvió de apoyo para el cristianismo a través de sus años más formativos.
Este principio se puede resumir en cinco palabras que creo que contienen el potencial para ayudar a restaurar el testimonio de la iglesia en el presente: Muchos pastores, un solo rebaño.
El principio de colaboración pastoral
El origen de esta frase se remonta a la figura histórica de Cipriano, obispo de Cartago (s. III). En su Carta 68, Cipriano, como el pastor principal de toda la provincia romana de África, exhorta a su colega romano Esteban que denuncie públicamente la herejía y el abuso pastoral del obispo Marciano de Arlés. Según Cipriano, tanto él mismo como Esteban tenían la responsabilidad pastoral de intervenir en este problema de una provincia ajena por el bien de los hermanos que estaban sufriendo los atropellos de su obispo.
Las memorables palabras que Cipriano utiliza para tratar de convencer a Esteban de que todos los obispos debían preocuparse por los problemas de los creyentes de Arlés son la inspiración del presente artículo: «Aunque somos muchos pastores, pastoreamos un solo rebaño».
¿En qué consiste el principio de «muchos pastores, un solo rebaño»? Básicamente, en que, debido a que la iglesia de Cristo es una sola (Ef 4:4) y que todos los pastores tienen la misma responsabilidad de velar por el bien espiritual de esta iglesia, entonces todos los pastores tienen el deber de verse como colegas y trabajar juntos en su labor de cuidado.
La necesidad de colaboración pastoral se puede ilustrar de la siguiente manera. Si un hombre contrae una enfermedad que afecta múltiples partes de su cuerpo, se verá con la necesidad de consultar a un equipo de diferentes especialistas para determinar el tratamiento debido. No obstante, para determinar un tratamiento integral y eficaz, los diversos especialistas tendrán que comparar sus notas y coordinar sus recomendaciones.
Los pastores que atiendan las necesidades espirituales del cuerpo de Cristo deben mantenerse en diálogo y colaborar por el bien de toda la iglesia
Si cada especialista diagnostica un tratamiento completamente diferente al del otro, el paciente no solo quedará confundido, sino que podría seguir las recomendaciones incorrectas y terminar con una condición peor que la que tiene. Pero si los diferentes especialistas comparan sus notas e intercambian sus ideas, podrán ver con mayor facilidad el problema que aqueja al paciente y diagnosticar juntos el tratamiento que le ayudará a recuperar la salud.
De manera similar, si en lugar de coordinar sus esfuerzos y enseñanzas, los pastores trabajan independientemente el uno del otro y terminan dando instrucciones contradictorias, los creyentes terminan confundidos y corren el riesgo de adoptar creencias y prácticas indebidas que dañarán su salud espiritual. Por esta razón, al igual que un equipo de médicos, los pastores que atiendan las necesidades espirituales del cuerpo de Cristo deben mantenerse en diálogo y colaborar por el bien de toda la iglesia de Cristo, la cual es una sola.
“Apacienta Mis ovejas”
Para mi sorpresa, el estudiar el principio de «muchos pastores, un solo rebaño» en los escritos de Cipriano me hizo ver que, aunque fue el obispo africano quien lo resumió de una forma memorable, la idea básica es completamente bíblica. El propio Cipriano empieza su argumento con un pasaje conocido de las Escrituras: la extraordinaria conversación entre el Señor Jesús resucitado y Pedro (Jn 21:15-25).
Por el temor de ser crucificado con su maestro, Pedro había negado conocer a Jesús tres veces justo cuando este comparecía delante del sumo sacerdote. Lleno de gracia, el Señor, en lugar de reprochar o condenar al apóstol, le da la oportunidad de reafirmar su amor y devoción tantas veces como lo había negado. Notablemente, después de cada una de las tres reafirmaciones de amor de parte del apóstol, el Señor responde con el mismo encargo, aunque expresado cada vez de forma ligeramente diferente: «Apacienta Mis corderos… Pastorea Mis ovejas… Apacienta Mis ovejas» (Jn 21:15-17).
La Iglesia católica romana alega que este encargo instituyó el sistema papal. Según Roma, el Señor confiere al apóstol y sus sucesores autoridad sobre toda la iglesia. Como veremos más adelante, el mismo Pedro nos ofrece una lectura diferente sobre el encargo de Cristo. No obstante, lo que sí está claro es que, de alguna manera, Pedro recibe la responsabilidad de velar por el bien de la iglesia en general. El Señor no dice, «pastorea a las ovejas que te voy a encargar», sino «pastorea Mis ovejas», es decir, los creyentes en general.
El mismo Pedro, dirigiéndose a los muchos cristianos repartidos por el Imperio romano, escribe: «Pues ustedes andaban descarriados como ovejas, pero ahora han vuelto al Pastor y Guardián de sus almas» (1 P 2:25). Mediante la propia acción de escribirles, Pedro ejercita un tipo de cuidado pastoral por los creyentes repartidos entre las diferentes comunidades que recibieron su carta. También podemos deducir que Pedro ve a todos estos creyentes como un solo rebaño porque todas las ovejas le pertenecen al mismo pastor, Jesucristo. Sin embargo, el apóstol no pretende cumplir esta labor pastoral solo.
Hacia el final de la carta, Pedro repite el encargo que recibió del Señor en el último capítulo del Evangelio de Juan:
Por tanto, a los ancianos entre ustedes, exhorto yo, anciano como ellos y testigo de los padecimientos de Cristo, y también participante de la gloria que ha de ser revelada: pastoreen el rebaño de Dios entre ustedes, velando por él, no por obligación, sino voluntariamente, como quiere Dios; no por la avaricia del dinero, sino con sincero deseo; tampoco como teniendo señorío sobre los que les han sido confiados, sino demostrando ser ejemplos del rebaño. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, ustedes recibirán la corona inmarcesible de gloria (1 P 5:1-4).
Una explicación suficiente de este pasaje requeriría mucho espacio, pero por lo menos podemos esbozar algunas observaciones relevantes.
Al dirigirse a los «ancianos» o gobernantes de la iglesia, Pedro se describe como su colega. La frase «anciano como ellos» (v. 1) traduce una sola palabra griega: sympresbyteros (gr. συμπρεσβúτερος); literalmente, co-anciano o co-presbítero. El apóstol no se describe como el superior ni como el jefe de los varios pastores a los que se estaba dirigiendo, sino como su igual o par.
De hecho, la única jerarquía entre pastores que el pasaje menciona se encuentra en la expresión referida a Cristo como «el Príncipe de los pastores» (v. 4). También aquí hay una sola palabra griega: archipoímenos (gr. ἀρχιποíμενος); literalmente, archi-pastor (en el sentido de pastor principal o supremo, así como archienemigo significa enemigo principal). Así, pues, la única jerarquía pastoral que Pedro reconoce es la diferencia entre los muchos co-pastores —como él mismo— y el único Archi-pastor que está sobre todos los pastores y al cual todos tendrán que rendir cuentas al final de su servicio, a saber, el Señor Jesucristo.
Otro elemento que indica la igualdad de todos los pastores, incluyendo a los mismísimos apóstoles, bajo la autoridad suprema del único Archi-pastor es el encargo que Pedro extiende a sus colegas: «Pastoreen el rebaño de Dios entre ustedes» (v. 2). El verbo griego es exactamente el mismo que en el famoso encargo de Jesús a Pedro al final del Evangelio de Juan: poimaíno (gr. ποιμαíνω) que se traduce como pastorear, apacentar, cuidar, dirigir, gobernar. Es claro que Pedro no pensaba que el encargo que recibió del Señor le confería un poder único dentro de la iglesia, ya que extiende la misma responsabilidad a todos los pastores repartidos por el mundo, a quienes reconoce como colegas en la labor pastoral.
Sin duda, Pedro y el resto de los apóstoles tuvieron un rol único e irrepetible como «testigos de los padecimientos de Cristo» (v. 1). Pero si consideramos su labor pastoral, entonces el rol de Pedro no era único, sino que debía repetirse en cada generación de pastores posterior a él. Empezando con Pedro, cada pastor recibe el mismo encargo del Señor: «Pastorea Mis ovejas». En este sentido podemos reconocer un tipo de sucesión apostólica bíblica que es muy diferente a la que pretende reclamar Roma. La verdadera sucesión apostólica no consiste en un poder exclusivo del papa sobre toda la iglesia, sino en la labor pastoral de cualquier gobernante de la iglesia que apacienta fielmente a las ovejas de Cristo con las palabras de Cristo, no teniendo «señorío sobre los que les han sido confiados, sino demostrando ser ejemplos del rebaño» (1 P 5:3).
La última palabra de la cita anterior no puede pasar desapercibida. Aunque la exhortación de Pedro se dirige a muchos co-pastores, el rebaño que deben pastorear se presenta repetidamente como uno solo y el mismo rebaño: «Pastoreen (plural) el rebaño de Dios (singular)», «Demostrando ser ejemplos (plural) del rebaño (singular)». La iglesia de Cristo, repartida entre todas las naciones y pastoreada por una pluralidad de co-pastores, es un solo rebaño porque pertenece a uno solo y el mismo Dios. Él redimió a un pueblo del pecado y de la muerte mediante la sangre de Su Hijo amado (1 P 1:18-19).
El principio en práctica
Entonces, está claro que, aunque formulado memorablemente en el tercer siglo, el principio de «muchos pastores, un solo rebaño» no fue inventado por el obispo Cipriano. Podemos encontrar este principio tanto en el encargo de Jesús a Pedro, como en otros pasajes del Nuevo Testamento.
No cabe duda de que el principio de «muchos pastores, un solo rebaño» es completamente bíblico. ¿Pero qué significa este principio en la práctica? ¿Cómo lo aplicaron en su ministerio los apóstoles y los otros pastores de la iglesia en el primer siglo?
La iglesia de Cristo, repartida entre todas las naciones y pastoreada por una pluralidad de co-pastores, es un solo rebaño
Como ejemplo sumamente breve, podemos considerar la solución de la controversia sobre los judaizantes (Hch 15). Pablo había establecido varias iglesias entre los no judíos sobre la base exclusiva del evangelio de la gracia de Cristo: «Crean en el Señor Jesucristo, y serán salvos». Después de la partida de Pablo, algunos creyentes judíos llegaron a esas mismas iglesias enseñando que sus miembros debían circuncidarse y guardar la ley de Moisés para poder ser salvos. ¿Entonces cuál era la base de la salvación? ¿La gracia de Cristo o las obras de la ley?
Pablo y Bernabé regresaron a Jerusalén para resolver este asunto con los otros apóstoles. Notablemente, estos pilares de la iglesia primitiva no concluyeron que cada uno debía enseñar lo que mejor le pareciera. Tampoco le pidieron a un solo líder que decidiera lo que el resto debía enseñar, sino que buscaron un consenso entre pares. Quizá lo más extraordinario es que los apóstoles incluyeron en este diálogo pastoral a los ancianos de la iglesia de Jerusalén como sus iguales.
La dirección de Dios se encontró finalmente en el consenso de los líderes de múltiples congregaciones: «Pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros» (Hch 15:28, énfasis añadido). La solución para la controversia que amenazaba con pervertir el evangelio y dividir a la iglesia entre una facción judía y otra gentil se halló en el diálogo anclado en la enseñanza bíblica entre los múltiples líderes. Muchos pastores, un solo rebaño.
Hacia la unidad
¿Qué pasaría con el testimonio de la iglesia evangélica hoy en día si, en lugar de que cada pastor decida qué hacer por sí solo o pretenda que el resto de los pastores haga lo que él dice, los muchos pastores cultivaran un hábito de diálogo y consenso para guiar a toda la iglesia en su comunidad?
Entiendo perfectamente que este diálogo encontrará diferencias y la unanimidad no siempre será posible. Pero aun cuando los pastores no puedan ponerse de acuerdo en todos los aspectos de un asunto, estudiando la misma Biblia podrán ponerse de acuerdo en algunas cosas —idealmente los asuntos más básicos e importantes. Y lo que sea que puedan enseñar juntos y con una sola voz será de mayor utilidad para la iglesia de lo que cada uno pueda opinar por su cuenta.
Obviamente, si un pastor ni siquiera conoce a sus colegas en la misma ciudad, el primer paso será presentarse a ellos para conocerlos y dejarse conocer. Pablo tuvo que presentarse a Pedro y a los demás líderes de Jerusalén, y dar testimonio de su fe para que ambos pudieran darse «la diestra de compañerismo» y repartirse el trabajo del ministerio (Gá 2:6-10). Por eso te animo, si eres pastor, a que comiences por tomar este primer paso y te presentes a tus compañeros de ministerio en tu ciudad o región. Este gesto de cordialidad ya será un gran avance para fortalecer el testimonio del evangelio.
El mundo necesita que toda la iglesia predique el evangelio con una sola voz. Estoy convencido de que el principio de «muchos pastores, un solo rebaño» puede ayudarnos a suplir esta necesidad urgente en este mundo fragmentado.
1. La exhortación de Pablo a los ancianos de Éfeso (Hch 20:28-29) es otro ejemplo valioso y significativo, aunque un análisis de este pasaje demanda más espacio de lo que este artículo puede brindar. ↩
Daniel Eguiluz es misionero de la agencia reformada Serge. Está casado con Abigaíl, con quien tiene dos hijos pequeños. Actualmente vive en su ciudad natal de Lima, Perú. Es un presbítero docente de la Presbyterian Church in America y enseña en Centros Teológicos Bautistas y otros seminarios. Obtuvo un ThM en Ministerio Pastoral y Teología Histórica de Dallas Theological Seminary y un PhD en Historia de la iglesia de Calvin Theological Seminary.
fuente https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/muchos-pastores-un-rebano/








