La “Iglesia” sin la Palabra
Muchas iglesias son un desastre. Teológicamente, son indiferentes, confusas o peligrosamente erróneas. Litúrgicamente, están cautivas de modas superficiales. Moralmente, viven vidas indistinguibles del mundo. A menudo tienen mucha gente, dinero y actividades. Pero, ¿son realmente iglesias o se han degenerado en clubes peculiares?
¿Qué salió mal?
En el fondo del problema subyace un fenómeno sencillo: las iglesias parecen haber perdido su amor y confianza en la Palabra de Dios. Aún conservan Biblias y proclaman la autoridad de las Escrituras. Aún ofrecen sermones basados en versículos bíblicos y siguen impartiendo clases de estudio bíblico. Sin embargo, en sus servicios se lee muy poco de la Biblia. Sus sermones y estudios, por lo general, no examinan la Biblia para discernir lo que considera importante para el pueblo de Dios. Cada vez más, la tratan como una fuente de inspiración poética, psicología popular y consejos de autoayuda. Las congregaciones donde se ignora o se abusa de la Biblia corren un grave peligro. Las iglesias que se apartan de la Palabra pronto se darán cuenta de que Dios se ha apartado de ellas.
¿Qué solución enseña la Biblia para esta triste situación?
La respuesta breve pero profunda la da Pablo en Colosenses 3:16: «Que la palabra de Cristo habite ricamente en ustedes, enseñándose y exhortándose unos a otros con toda sabiduría, cantando salmos, himnos y cánticos espirituales, con gratitud a Dios en sus corazones». Necesitamos que la Palabra more abundantemente en nosotros para que podamos conocer las verdades que Dios considera más importantes y para que podamos comprender sus propósitos y prioridades. Necesitamos preocuparnos menos por las «necesidades percibidas» y más por las necesidades reales de los pecadores perdidos, como nos enseña la Biblia.
En este texto, Pablo no solo nos exhorta a dejar que la Palabra more abundantemente en nosotros, sino que también nos muestra cómo se hace evidente la rica experiencia de la Palabra. Nos lo muestra en tres puntos. (Después de todo, Pablo era un predicador).
En primer lugar, nos llama a ser instruidos por la Palabra, que nos conducirá a una sabiduría cada vez mayor, diciendo: “Instrúyanse y amonéstense unos a otros”.
Pablo nos recuerda que la Palabra necesita ser enseñada y aplicada a nosotros, ya que mora abundantemente en nosotros. La iglesia debe fomentar y facilitar esta enseñanza, ya sea mediante la predicación, los estudios bíblicos, la lectura o las conversaciones. Necesitamos crecer en la Palabra.
Sin embargo, no se trata solo de obtener información de la Palabra. Debemos crecer en el conocimiento de la voluntad de Dios para nosotros: «Por esta razón, desde el día en que supimos de ustedes, no hemos cesado de orar por ustedes y pedirle a Dios que los llene del conocimiento de su voluntad mediante toda sabiduría e inteligencia espiritual» (Colosenses 1:9). Conocer la voluntad de Dios nos hará sabios, y en esa sabiduría, seremos renovados a la imagen de nuestro Creador, una imagen tan dañada por el pecado: «y se han revestido del nuevo ser, el cual se va renovando en conocimiento a imagen de su Creador» (3:10).
Esta sabiduría también reorganizará nuestras prioridades y propósitos, trascendiendo lo mundano para enfocarnos en lo celestial: «a causa de la esperanza que os está reservada en los cielos, de la cual oísteis antes en la palabra de verdad, el evangelio» (1:5). Cuando esta Palabra mora abundantemente en nosotros, podemos estar seguros de conocer la voluntad plena de Dios: «de la cual fui hecho ministro, según la administración que Dios me dio para vosotros, para dar a conocer plenamente la palabra de Dios» (1:25). A través de la Biblia, conocemos todo lo necesario para la salvación y la santidad.
En segundo lugar, Pablo nos exhorta a expresar la Palabra con corazones que se renuevan constantemente en nuestro “canto”.
Curiosamente, Pablo relaciona estrechamente la Palabra que mora en nosotros con el canto. Nos recuerda que cantar es un medio invaluable para arraigar la verdad de Dios profundamente en nuestra mente y corazón. He oído hablar de cristianos ancianos con Alzheimer avanzado que aún pueden cantar alabanzas a Dios. Cantar también nos ayuda a conectar la verdad con nuestras emociones. Nos ayuda a sentir el aliento y la seguridad de nuestra fe: «para que sus corazones sean fortalecidos, unidos en amor, y alcancen todas las riquezas de la plena certidumbre de entendimiento, para conocer el misterio de Dios, es decir, Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» (2:2-3).
La importancia del canto, por supuesto, hace que el contenido de nuestra música sea vital. Si cantamos canciones superficiales y repetitivas, no estaremos atesorando la Palabra en nuestros corazones. Pero si cantamos la Palabra misma en toda su plenitud y riqueza, nos enriqueceremos verdaderamente. Debemos recordar que Dios nos dio un cancionero, el Salterio, para ayudarnos en nuestro canto.
En tercer lugar, Pablo nos exhorta a recordar el efecto de la Palabra al hacernos un pueblo siempre dispuesto a dar gracias.
En Colosenses 3:5-17, Pablo nos exhorta tres veces a la gratitud. Cuando la Palabra de Cristo mora abundantemente en nosotros, seremos guiados a una vida de gratitud. Al aprender y contemplar todo lo que Dios ha hecho por nosotros en la creación, la providencia y la redención, nos llenaremos de agradecimiento. Al recordar sus promesas de perdón, renovación, protección y gloria, viviremos como personas verdaderamente agradecidas.
Necesitamos que la palabra de Cristo more abundantemente en nosotros, hoy más que nunca. Entonces las iglesias podrán dejar de ser un caos y convertirse en el cuerpo radiante de Cristo, como Dios desea.
Este artículo se publicó originalmente en la revista Tabletalk.
Traducido por Thaisa Marques
El Dr. W. Robert Godfrey es presidente emérito del Seminario Westminster en California, profesor de ministerios de Ligonier y autor de numerosos libros, entre ellos Aprendiendo a amar los Salmos.
FUENTRE https://coalizaopeloevangelho.org/article/a-igreja-sem-a-palavra/







