Por Pieter Vermeulen, miembro de la Junta Directiva de la CPI, como parte de la serie "Perseguidos, pero no abandonados".
Hoy en día, millones de cristianos en todo el mundo se reúnen para adorar a Cristo en circunstancias que la mayoría de los creyentes en Occidente apenas pueden imaginar. Algunos se congregan en apartamentos secretos. Otros se reúnen en bosques, desiertos o aldeas remotas. En algunos lugares, las iglesias no pueden exhibir una cruz, tocar una campana ni identificarse públicamente como cristianas sin arriesgarse a sufrir acoso, encarcelamiento o violencia.
Para estos creyentes, la fe no es simplemente una identidad cultural ni una actividad dominical. Es una decisión que conlleva consecuencias reales. La realidad es desalentadora: en muchas partes del mundo, seguir a Jesús puede costarles a los creyentes sus trabajos, sus familias, su libertad o incluso sus vidas.
Sin embargo, en estos entornos de presión y oposición ocurre algo extraordinario. Los observadores notan repetidamente que la iglesia bajo persecución a menudo muestra una vitalidad espiritual excepcional, una oración profunda, una evangelización valiente, una comunidad abnegada y una fe inquebrantable.
En otras palabras, la iglesia perseguida con frecuencia encarna una forma de cristianismo que se asemeja mucho a la fe que encontramos en el Nuevo Testamento.
Esta observación plantea una pregunta importante para la iglesia global: ¿Podría ser que la iglesia perseguida no sea una excepción al cristianismo, sino un reflejo más claro del mismo?
El patrón normal de la vida cristiana
Al abrir las páginas del Nuevo Testamento, una verdad se hace evidente rápidamente: los primeros cristianos esperaban ser perseguidos.
Jesús mismo advirtió a sus seguidores que el discipulado conllevaría sufrimiento. «Si el mundo los odia, recuerden que a mí me odió primero» (Juan 15:18). Continuó con una seria advertencia: «El siervo no es mayor que su amo. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes» (Juan 15:20).
Para los primeros seguidores de Cristo, la persecución no fue una interrupción inesperada de su fe. Era parte de su misión, tal como la habían previsto. El apóstol Pablo expresó esta misma realidad con crudeza: «Todo aquel que quiera vivir piadosamente en Cristo Jesús será perseguido» (2 Timoteo 3:12).
Desde los primeros tiempos de la Iglesia, el sufrimiento se entendía como parte del precio del discipulado. El primer mártir cristiano, Esteban el diácono, fue apedreado hasta la muerte poco después de la resurrección de Jesús (Hechos 7:54-60). El apóstol Santiago fue ejecutado por el rey Herodes (Hechos 12:1-2). Los apóstoles fueron golpeados, encarcelados y amenazados por predicar el evangelio (Hechos 5:40-42).
Sin embargo, lo más destacable de la iglesia primitiva es que la persecución no la silenció. Al contrario, fortaleció su testimonio.
Lucas relata una respuesta extraordinaria de los apóstoles después de que las autoridades los azotaran: «Los apóstoles salieron del Sanedrín, gozosos porque habían sido considerados dignos de sufrir humillación por causa del Nombre» (Hechos 5:41). Para los oídos modernos, tal respuesta suena casi incomprensible. ¿Por qué alguien se alegraría del sufrimiento? La respuesta reside en el corazón del evangelio cristiano.
La Cruz en el Centro
El cristianismo es único entre las religiones del mundo porque su símbolo central es un instrumento de ejecución. La cruz ocupa un lugar central en la historia cristiana. Jesús no venció el mal mediante el poder político ni la fuerza militar, sino que derrotó al pecado y a la muerte a través del sufrimiento sacrificial.
El profeta Isaías lo predijo siglos antes: «Fue despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto… fue traspasado por nuestras transgresiones» (Isaías 53:3,5). Cuando Jesús llamó a sus seguidores, dejó claro que el camino del discipulado reflejaría el suyo propio: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame» (Lucas 9:23).
En el siglo I, el significado de esta afirmación era inequívoco. La cruz era un instrumento de ejecución romano utilizado para humillar y matar a los criminales. «Tomar la cruz» significaba abrazar una vida de obediencia radical, sin importar el precio.
Para los primeros cristianos, por lo tanto, sufrir por Cristo no se consideraba una falta de fe, sino una participación en la vida de Cristo mismo. El apóstol Pedro escribió a los creyentes que sufrían persecución: «Amados, no se sorprendan de la prueba de fuego que les ha sobrevenido para probarlos… Al contrario, alégrense de participar en los sufrimientos de Cristo» (1 Pedro 4:12-13).
La realidad global actual
Dos mil años después, la situación no ha cambiado. Hoy en día, millones de cristianos en todo el mundo sufren diversas formas de persecución a causa de su fe. Algunos padecen presión social o discriminación. Otros se enfrentan al encarcelamiento, la violencia o la muerte.
Estos creyentes viven la misma realidad bíblica descrita en el Nuevo Testamento. Sin embargo, sus historias rara vez llegan a la iglesia global. Para muchos cristianos que viven en libertad, la persecución puede parecer algo lejano, algo que sucede en otro lugar, a otra persona. Pero el Nuevo Testamento se niega a permitir esta distancia.
El apóstol Pablo describe a la iglesia como un solo cuerpo unido en Cristo: «Si un miembro sufre, todos los demás sufren con él» (1 Corintios 12:26). Esto significa que el sufrimiento de los creyentes en una parte del mundo no es solo una noticia, sino el sufrimiento de nuestra propia familia.
Lecciones de la Iglesia perseguida
Quienes han pasado tiempo con creyentes perseguidos suelen relatar una experiencia similar: esperaban brindarles aliento, pero en cambio se marcharon profundamente conmovidos por la fe de aquellos con quienes se encontraron.
¿Por qué? Porque la persecución tiende a fortalecer la fe. Cuando seguir a Cristo conlleva un precio real, los creyentes se ven obligados a hacerse preguntas profundas: ¿Vale Jesús realmente la pena? ¿Vale la pena sufrir por el evangelio? ¿Es la esperanza eterna más fuerte que el temor pasajero?
En muchas comunidades perseguidas, la respuesta a estas preguntas es un rotundo sí. Como resultado, estas iglesias suelen demostrar una notable fortaleza espiritual. La oración se convierte en el centro. Las Escrituras son atesoradas. La comunidad se vuelve profundamente abnegada. La evangelización continúa incluso cuando conlleva peligro.
La iglesia perseguida recuerda al cuerpo global de Cristo una verdad que los primeros cristianos comprendieron bien: el evangelio es más poderoso cuando los creyentes están dispuestos a sufrir por él.
Lo que la Iglesia occidental puede aprender
El propósito de reflexionar sobre la iglesia perseguida no es idealizar el sufrimiento. La persecución es dolorosa, injusta y trágica. Destruye familias, hiere comunidades y a menudo deja profundas cicatrices. Pero el testimonio de los creyentes perseguidos plantea un poderoso desafío a los cristianos que viven cómodamente. Su fe nos invita a examinar nuestro propio discipulado. ¿Valoramos a Cristo con la misma intensidad que ellos? ¿Dependemos de la oración con la misma desesperación que ellos? ¿Valoramos el evangelio con la misma intensidad que ellos?
Estas preguntas no pretenden generar culpa, sino inspirar una transformación. La iglesia perseguida nos recuerda que el cristianismo no es simplemente un sistema de creencias, sino una vida de devoción a Jesucristo.
Un viaje a través de la historia del Testigo Fiel
Esta serie, “ Perseguidos pero no abandonados”, explorará la historia bíblica e histórica del sufrimiento, la persecución y el martirio en la vida de la iglesia.
Comenzaremos con los fundamentos del sufrimiento en las Escrituras. Desde la historia de Caín y Abel hasta las enseñanzas de Jesús y los apóstoles, la Biblia proporciona un marco profundo para comprender por qué ocurre la persecución y cómo se llama a los creyentes a responder.
A partir de ahí, recorreremos la historia de la iglesia, explorando las vidas de creyentes valientes que permanecieron fieles a Cristo frente a la oposición, desde los primeros mártires del Imperio Romano hasta los reformadores, misioneros y testigos de la actualidad.
A lo largo de la serie, un tema surgirá repetidamente: la iglesia de Jesucristo suele ser más fuerte cuando se enfrenta a la mayor presión.
Perseguidos, pero no abandonados
El título de esta serie proviene de las palabras del apóstol Pablo: «Nos vemos atribulados en todo, pero no angustiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados» (2 Corintios 4:8-9). Esta paradoja resume la historia de la iglesia cristiana a lo largo de los siglos. Los imperios han intentado destruirla. Los gobiernos han intentado silenciarla. Los movimientos han buscado extinguir su testimonio.
Sin embargo, la iglesia sigue creciendo. ¿Por qué? Porque su fundamento no reside en la fuerza humana, el poder político ni la influencia cultural. Su fundamento es Cristo resucitado. Y el mismo Señor que sostuvo a los primeros mártires continúa sosteniendo a su pueblo hoy. Al explorar juntos esta historia durante los próximos meses, que aprendamos no solo sobre la iglesia que sufre, sino también de ella. Porque en la fe de los creyentes perseguidos, podemos descubrir una comprensión más profunda de lo que realmente significa seguir a Cristo.
FUENTE https://persecution.org/2026/03/14/why-the-persecuted-church-may-be-the-most-faithful-church-in-the-world/








