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Cómo los cristianos pueden superar la narrativa de Nietzsche
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Aunque hoy en día se lo conoce principalmente como un intelectual alemán rebelde, Friedrich Nietzsche (1844-1900) fue reconocido en su época, ante todo, como un filólogo clásico de gran talento: un estudioso de las lenguas y los textos antiguos.


Más allá del ámbito académico, disfrutaba de las artes, le encantaba la música y mantuvo una famosa relación de amor-odio con el compositor Richard Wagner. Después de comenzar sus estudios de teología en la Universidad de Bonn, se pasó a la filología clásica en la Universidad de Leipzig. Posteriormente, con tan solo 24 años, se incorporó al cuerpo docente de la Universidad de Basilea como catedrático de filología clásica.


Estos antecedentes académicos son importantes por una razón clave: la filología de Nietzsche moldeó su filosofía. Comprender cómo abordaba el lenguaje y los textos antiguos nos ayuda a entender los objetivos filosóficos que persiguió más tarde.


Antes de continuar, conviene aclarar el término «filología». Un filólogo estudia cómo se desarrolla la lengua a lo largo del tiempo: cómo surgen las palabras, cómo cambian y cómo las culturas moldean su significado. En términos actuales, la filología es como realizar una «prueba de ancestros» de las palabras: al examinarlas de cerca, podemos rastrear sus orígenes y las historias culturales que llevan consigo.


No es exagerado afirmar que las ideas de Nietzsche sobre la creatividad y la autenticidad han marcado profundamente nuestras antropologías y moralidades


 

En el siglo XIX, la filología era un campo que crecía rápidamente y que cautivó la imaginación de muchos estudiosos alemanes. Encajaba de forma natural con nuevos métodos académicos como la crítica de las fuentes, la crítica de la redacción y el análisis histórico-gramatical, todos ellos basados en el lenguaje para reconstruir el pasado. Utilizando estas herramientas, Nietzsche se propuso algo audaz: desmontar los cimientos de la historia moral de Occidente —que, según él, había sido distorsionada por el cristianismo—, para luego proponer una alternativa.


El “big bang” de la moralidad

A lo largo de la década de 1880, Nietzsche trabajó para derribar las ideas griegas y cristianas arraigadas desde hacía tiempo, con el fin de imaginar un nuevo futuro para Europa. Los pensadores de la Ilustración anteriores trataron de replantearse la moralidad sin el cristianismo, pero Nietzsche fue más allá. Trató de construir un nuevo mundo moral desde cero. Para lograrlo, creía que los europeos necesitaban nuevas categorías con las cuales describirse a sí mismos al entrar en lo que él consideraba una nueva era cultural.


Aquí es donde la filología cobra protagonismo.


Mientras estudiaba los binomios morales occidentales, como «el bien y el mal» o «el amor y el odio», Nietzsche planteó una pregunta sencilla pero radical que constituyó la tensión central de La genealogía de la moral: ¿De dónde proceden estas ideas y quién las creó? Para Nietzsche, estos conceptos morales no son verdades universales. Por el contrario, tienen orígenes históricos y culturales específicos, lo que él denominaba su «genealogía». Por consiguiente, la propia moralidad tiene una historia de origen, un «big bang» ético.


Según Nietzsche, los términos «bueno» y «malo» se remontan a las comunidades judías y cristianas. Interpretó el Antiguo Testamento, especialmente la historia del Éxodo, como un caso de estudio sobre cómo los valores morales surgen a través de las luchas de poder. Nietzsche sostenía que los hebreos, al ser testigos de su opresión en Egipto, desarrollaron un profundo resentimiento. Esta amargura no se desvaneció, sino que se transformó en una inversión moral deliberada: los impotentes rebautizaron los rasgos de los fuertes como «malos» y los suyos propios como «buenos». El cristianismo, en opinión de Nietzsche, heredó y difundió esta inversión de valores por toda Europa.


Para Nietzsche, esta inversión es más que un simple cambio en el lenguaje moral; reconfigura la psicología cultural. El resentimiento, que Nietzsche entendía como una angustia psicológica que crece en los impotentes y voltea las categorías morales, alimenta una mentalidad que desconfía de la fuerza y valora la debilidad como una virtud. Argumentaba que la moral cristiana promete «vida», pero en realidad agota la vitalidad al alejar las esperanzas de las personas del florecimiento terrenal y orientarlas hacia una vida imaginaria después de la muerte. Como resultado, creía él, la cultura europea se ha visto debilitada lentamente por la moral cristiana (y, en su contexto, por el pietismo luterano alemán) que niega la vida física en lugar de afirmarla.


En cambio, insistía en que la vida lucha por la expansión, la intensidad y la superación, o lo que él denominaba la «voluntad de poder». En un diálogo crítico con Charles Darwin y Arthur Schopenhauer, Nietzsche rechazó la idea de que la mera supervivencia impulse la vida. La voluntad es el instinto básico para trascender los límites, forjar el propio carácter e imponer un orden creativo al mundo. Charles Taylor señala que Nietzsche concebía la voluntad de poder no simplemente como dominio, sino como la búsqueda de un potencial humano superior.


Por consiguiente, Nietzsche instó a las personas —especialmente a aquellas moldeadas por la moral cristiana— a liberarse de los valores heredados, crear otros nuevos y preparar el camino para el Übermensch: un ideal de humanidad lo suficientemente valiente como para afirmar la vida con creatividad y autenticidad.


Nietzsche rechazó el cristianismo, pero reutilizó su marco narrativo para sus propias ideas


 

No es exagerado afirmar que las ideas de Nietzsche sobre la creatividad y la autenticidad han marcado profundamente nuestras antropologías y moralidades durante los últimos 125 años, desde su muerte. Él sigue proyectando una sombra larga y disruptiva sobre nuestro sentido del yo y nuestra moralidad.


Es el aire nietzscheano el que respiramos

Alasdair MacIntyre calificó en una ocasión a Nietzsche como el pensador moral más importante de nuestra época, llegando incluso a afirmar que vivimos, nos movemos y existimos en una era nietzscheana. Aun sin haber leído a Nietzsche, muchas personas modernas reflejan su influencia (y la de otras figuras de la modernidad): dudan de Dios, celebran el «yo verdadero», buscan la identidad en su interior y miran con recelo la moral cristiana.


Sus ideas sobre el resentimiento y la voluntad de poder ayudan a explicar este cambio. Nietzsche sentía un desdén especial por quienes califican de «malo» lo fuerte y de «bueno» lo débil. Como alternativa, Nietzsche propuso el poder de la voluntad, el impulso del yo para elevarse por encima de sus limitaciones culturales y crear sus propios valores individualistas.


Incluso una historia moderna como Wicked se hace eco de estos temas a través de una genealogía cuasi-nietzscheana. El musical (y su película) «reconstruye» el conocido Mago de Oz para revelar el pasado de los personajes, mostrando que sus conflictos se derivan de los celos, la inseguridad y el resentimiento, y no de una simple oposición entre el bien y el mal, tal y como se retrató inicialmente en la película de 1939.


Elphaba y el Mago chocan por miedo mutuo y malentendidos, mientras que la amargura de Boq le empuja a liderar una turba contra Elphaba por su situación de hombre «enlatado» (perdón por el espóiler). La historia resuena con tantos temas nietzscheanos: la genealogía, el resentimiento y cómo la búsqueda del poder moldea las comunidades en categorías similares a las que describió Nietzsche.


Más allá del entretenimiento, observamos patrones similares en la cultura estadounidense actual. Muchos grupos reivindican su superioridad moral presentándose como víctimas y tildando a sus oponentes de «opresores», lo que aviva las batallas de identidad en las que el resentimiento suele sustituir al diálogo y a la hospitalidad.


Superar la narrativa de Nietzsche

Creo que el desafío no radica meramente en la crítica, sino en la capacidad narrativa: ¿qué historia puede realmente soportar el peso del anhelo humano y el significado cultural? Como Chris Watkin aclara acertadamente: «Superar a Nietzsche en la narrativa no consiste en contar la mejor historia en el sentido de que sea la más apasionante o necesariamente satisfactoria; se trata de contar la historia más amplia, aquella en la que todas las demás historias encuentran su lugar».


A través de la cruz y la resurrección de Cristo, Dios absorbe el deseo de control del mundo, desmantelando su poder mediante el amor


 

A pesar de que hoy en día se adoptan y adaptan las categorías nietzscheanas de genealogía, poder, autenticidad y autocreación sin fin, estoy convencido de que las Escrituras siguen superando a Nietzsche en la narrativa.


Nietzsche rechazó el cristianismo, pero reutilizó su marco narrativo para sus propias ideas: Dioniso (y el yo) se convierte en la figura divina, los seres humanos están en constante cambio, la moralidad surge de la revuelta social, Zaratustra habla proféticamente y el Übermensch encarna un ideal mesiánico futuro. Nietzsche siguió incluyendo el marco narrativo de las Escrituras: un dios, una caída, una expectativa profética, un mesías y un eschaton que se avecina. Aunque buscaba ir más allá del cristianismo, él dependía de la estructura «creación-caída-redención-nueva creación», afirmando tácitamente el poder narrativo de las Escrituras, aun cuando se oponía a ellas.


Este análisis de Nietzsche sirve como un caso de estudio sobre cómo la iglesia podría interactuar con las historias y filosofías culturales contemporáneas. Podemos prestar atención a estas narrativas alternativas, escuchando sus anhelos y ansiedades, al tiempo que reconocemos la mayor profundidad y amplitud del evangelio. A través de la cruz y la resurrección de Cristo, Dios absorbe la ira, el miedo, el resentimiento y el deseo de control del mundo, desmantelando su poder mediante el amor abnegado.


Participar en Cristo es dejarse llevar por una narrativa lo suficientemente amplia como para abordar los deseos del mundo sin rendirse a ellos, y tener suficiente discernimiento como para redimir la cultura sin bautizar ninguna ilusión nietzscheana.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.

Michael McEwen es editor de B&H Academic y pastor de la iglesia Hickory Grove Baptist Church. Es autor de The Devil Reads Nietzsche: A Public Theology for the Post-Christian Age [El diablo lee a Nietzsche: una teología pública para la era poscristiana].


fuente https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/cristianos-superar-narrativa-nietzsche/


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